Tío Sam, lo hice por ti: ¿Cómo cambió la Gran Guerra la Propaganda?

Sus ojos parecían el cielo. Tranquilos, libres, infinitos. Tenían el mismo color que la mañana en la que decidí dar un paso al frente. Aquel día, mi mente estaba tan despejada como el manto azul que se extendía sobre mi cabeza. No tenía ningún atisbo de duda de lo que hacía.

Pero me equivoqué…

Fue cuestión de horas. Cada vez que lo pienso, el corazón se me vuelve a encoger. Asusta saber cómo los cambios más radicales se saltan las leyes del tiempo y de la razón.

Abril de 1917. Los periódicos y la radio anunciaban que la amenaza alemana era inminente. El mundo estaba en peligro, pero más importante, nuestro país, nuestro hogar y nuestra gente, ya no estaba segura. Mi futuro acababa de adquirir un precio: ir a la guerra.

De la noche a la mañana las rugosas paredes de ladrillo se alisaron. Numerosos carteles cubrieron las fachadas de los edificios. El pequeño pueblo que había sido mi hogar durante dieciocho años tenía un nuevo vecino: el Tío Sam. Sus ojos severos y su dedo acusatorio me saludaban todas las mañanas y me susurraban: “Te necesito a TI”.

Todos los medios lo difundían, los carteles nos lo recordaban, los alemanes estaban haciendo estragos en toda Europa. Su ansia por el poder era insaciable, y solo conocían la crueldad y la violencia para alcanzarla. Parecían comandados por el mismo diablo.

Nunca antes había sentido algo tan intenso y tan oscuro. Estaba en mi mano y en la de muchos como yo, detener a los monstruos que avanzaban vertiginosamente hacia mi hogar. No lo dudé, crucé la calle y me alisté… En ese momento firmaba mi acta de defunción en vida.

Cuando llegué a Europa, habría jurado que estaba en el mismo infierno. Las reglas del juego eran simples: matar o morir. En mi mente, los alemanes solo eran cuerpos vacíos, sin alma. Hasta que mis ojos se encontraron con el cielo que aquel soldado alemán guardaba bajo sus párpados. Antes de apretar el gatillo, vi su pánico, vi su incomprensión y también su sorpresa.

Sí, vi monstruos, pero a ambos lados de la trinchera.

¿POR QUÉ GUARDAMOS la campaña de propaganda EN NUESTRO BAÚL?

“La manipulación hábil y consciente de las costumbres y opiniones de las masas es un componente de primera importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan ese mecanismo secreto de la sociedad constituyen un gobierno invisible, verdadero poder dirigente de nuestra sociedad”. Edward Bernays, Propaganda, 1928

El publicista Edward Bernays, ideólogo de la teoría de la propaganda, junto con el periodista Walter Lippman, se convirtieron en el verano de 1914 en  lo que hoy serían los dircom de la primera campaña antialemana en EEUU que tenía como objetivo que el pueblo estadounidense, fervientemente en contra del conflicto mundial, apoyara la entrada del país en la contienda.

En contra del pensamiento generalizado, que sitúa el nacimiento de la propaganda en los fuegos del siglo XX, su origen se remonta a la noche de los tiempos: en la gloria que respiraban las hazañas talladas en las piedras de Luxor o en el poderío que transmitía la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles. En definitiva, la propaganda no era más que una forma de transmitir y construir una idea. ¿Qué cambió?

En la Primera Guerra Mundial, el Estado comprendió por primera vez, a través de la propaganda y la censura, que la información era una herramienta muy valiosa. De este modo, la guerra transformó profundamente su significado. Desde entonces ha estado asociada a la manipulación indecente o fabricación de información por el Estado.

Construimos nuestra realidad en base a los estímulos e información que percibimos a través de los diferentes medios a nuestro alcance: periódicos, televisión, RRSS, libros… Parece lógico pensar que quien los controle puede erigirse en arquitecto de nuestra mente o al menos de nuestra percepción del mundo.

A día de hoy, nos encontramos en el momento de la historia de la humanidad con más medios de información a nuestro alcance: ¿dicen todos lo mismo?, ¿abordan los mismos temas?… Nos parecía interesante hacer esta reflexión, esta parada en nuestro viaje, para invitaros a pensar sobre cómo construimos nuestra realidad y nuestra verdad.

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